La fuerza del optimismo (II)

A raíz del artículo anterior he dado con una entrevista realizada a Luis Rojas Marcos de la que cito un fragmento a continuación:

Se nos puede programar para ser optimistas?:Por lo menos el 30% de nuestro positivismo está gobernado por los genes. Luego hay que tener presente el carácter que hemos desarrollado en los 15 primeros años de nuestra vida. Eso es otro 30%. El porcentaje restante depende de nosotros. Pero no es como aquello de “aprenda inglés en un mes”.¡Yo tardé dos años en hablarlo!. No se hace en un día. Debes planificarte, porque la felicidad no es una ciencia infusa, es cuestión de codos.

¿Y hay alguna clave?: Reside en tres puntos. Tenemos que hacer todo lo que podamos para mejorar nuestro estado de ánimo. Buscar sentimientos positivos. Elaborar una lista de las cosas que nos gustan. Luego hay que planificar las relaciones con los demás. Desahogarse con ellos, porque hablar ayuda. A mis pacientes les pido que hablen con seis personas diariamente. Aunque sea por teléfono y de cosas insustanciales. Las áreas del cerebro que controlan los sentimientos positivos están conectadas con nuestra forma de pensar. Alguien que se siente bien ve lo bueno a su alrededor y recuerda las cosas en positivo. Y por último piensa como piensas: ¿cómo son tus pensamientos automáticos?. Debemos examinar nuestras reacciones todo el tiempo”.

Como veis gran parte de ver las cosas positivamente depende de nosotros mismos😉

3 comentarios to “La fuerza del optimismo (II)”

  1. David Says:

    Y hablar efectivamente ayuda, es bueno expresar los sentimientos y es una manera de relacionarse con los demás, somos animales sociables y no es natural reprimir esa condición. Podemos descubrir en los demás y en las cosas todo lo positivo que nos da la vida…

  2. PINK Says:

    Yo lo veo todo en rosa. Vivo en los mundo de JUPY y es genial, si alguien quiere puede hacerme una visita!!

  3. L. Says:

    Ciertamente los pensamientos positivos parece que arrastren el positivismo y viceversa. Es bien cierto aquello de que nuestros ojos son el espejo del alma pues esas cosas se notan enseguida, incluso sin conocer a la persona. Se transmite más allá de las palabras.

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